lunes, 9 de junio de 2014

Odio a los psiquiatras

HOSPITAL PSIQUIATRICO DE CREEDMORE, LONG ISLAND, verano de 1959. 

A través de pasillos que se bifurcan y puertas que dan a otras puertas, el joven Louis Firbank, de 17 años, es escoltado por dos enfermeros hacia la primera sesión de un tratamiento que -aseguran los médicos- le ayudará a corregir su temperamento inestable. No sabe de que se trata, pero está tranquilo. Piensa en otra aburrida charla con algún psicólogo, o en todo caso en una perorata moralizante y un par de pastillas que arrojará al inodoro. Sin embargo, le extrañan dos circunstancias que al principio no había advertido: cada puerta que atraviesan es cerrada a sus espaldas por un guardia; todas las ventanas están enrejadas. Luego de varias vueltas llegan a una sala semivacía, con una camilla y una máquina. Alguien le ordena que se quite la ropa. ese mismo alguien (u otro) lo ayuda a recostarse y lo ata con firmeza a la camilla.

El joven intenta una protesta, pero una enfermera angelical le susurra al oído unos cuantos elogios que consiguen tranquilizarlo. también le aplica una pomada en las sienes, donde fija dos gruesos cables a cada lado y le introduce una pinza en la boca, "para que no te tragues la lengua", le dice con una sonrisa. Después lo dejan solo. Está así, tumbado, pensando en lo raro que sería tragarse la propia lengua, cuando lo fulmina una descarga de voltios suficiente como para derribar a un boxeador pesado. Al recuperar la conciencia piensa que se ha convertido en un vegetal. No puede hablar, no puede concentrarse, tiene problemas de orientación. Cuando termina el tratamiento, después de ocho aterradoras semanas de electroshock, el joven Reed escribe en su libreta de apuntes.

"Del Lou N°1 al Lou N° 8: ¿Hola que tal?. Y en otra hoja, con letra caligráfica: odio a los psiquiatras. ODIO A LOS PSIQUIATRAS, ODIO A LOS PSIQUIATRAS.



No hay comentarios :

Publicar un comentario

Rock On