HOSPITAL PSIQUIATRICO DE CREEDMORE, LONG ISLAND, verano de
1959.
A través de pasillos que se bifurcan y puertas que dan a otras puertas,
el joven Louis Firbank, de 17 años, es escoltado por dos enfermeros hacia la
primera sesión de un tratamiento que -aseguran los médicos- le ayudará a
corregir su temperamento inestable. No sabe de que se trata, pero está
tranquilo. Piensa en otra aburrida charla con algún psicólogo, o en todo caso
en una perorata moralizante y un par de pastillas que arrojará al inodoro. Sin
embargo, le extrañan dos circunstancias que al principio no había advertido:
cada puerta que atraviesan es cerrada a sus espaldas por un guardia; todas las
ventanas están enrejadas. Luego de varias vueltas llegan a una sala semivacía,
con una camilla y una máquina. Alguien le ordena que se quite la ropa. ese
mismo alguien (u otro) lo ayuda a recostarse y lo ata con firmeza a la camilla.
El joven intenta una protesta, pero una enfermera angelical
le susurra al oído unos cuantos elogios que consiguen tranquilizarlo. también
le aplica una pomada en las sienes, donde fija dos gruesos cables a cada lado y
le introduce una pinza en la boca, "para que no te tragues la
lengua", le dice con una sonrisa. Después lo dejan solo. Está así,
tumbado, pensando en lo raro que sería tragarse la propia lengua, cuando lo
fulmina una descarga de voltios suficiente como para derribar a un boxeador
pesado. Al recuperar la conciencia piensa que se ha convertido en un vegetal.
No puede hablar, no puede concentrarse, tiene problemas de orientación. Cuando
termina el tratamiento, después de ocho aterradoras semanas de electroshock, el
joven Reed escribe en su libreta de apuntes.
"Del Lou N°1 al Lou N° 8: ¿Hola que tal?. Y en otra
hoja, con letra caligráfica: odio a los psiquiatras. ODIO A LOS PSIQUIATRAS,
ODIO A LOS PSIQUIATRAS.

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